Editorial del Nº 2 – Septiembre 2007
DIMES Y DIRETES
A veces la actividad diaria del Teatro nos envuelve en una situación que creemos que es la realidad. Es bastante común que en algún momento nos sorprendemos de enterarnos de algo que creíamos que era de tal modo y resulta que era de otro. Hay gente que vive muy al tanto de estas cosas, ya sea por circunstancias de su tarea o por interés propio. A veces éstos se convierten en formadores de opiniones a quienes la gente presta oídos pasivos sin preguntarse demasiado sobre la veracidad o no de lo que escucha. Lo que puede resultar peligroso, puesto quienes se dedican llevar esa ”información” de un lugar a otro, suelen ponerle su sello –o interés- personal que dista mucho de la objetividad y la ecuanimidad necesaria, por lo tanto se incurre en algún tipo de injusticia.
Pero, ¿qué hacer entonces? La mejor actitud, quizás la más inteligente, es la de no prestarle mucha atención y guiarse por nuestro propio criterio, nuestra propia visión de un hecho. Y si no es posible, desechar aquello que no viene de buena fuente.
Hace un par de siglos una mente maligna elaboró una técnica, que aportó nada más que daño en la gente de buena fe, en la frase “injuria, injuria que siempre algo queda”. Lo que ha sido moneda corriente en el mundo de la política actual.
Suele pasar que en la vida corriente, en nuestra labor diaria, queriéndolo o no – y me incluyo- uno a incurrido en la falta terrible de hacerse eco de las consecuencias de tan pragmática frase. En algunas oportunidades hemos podido ver que lo más “trabajoso” del trabajo es asimilar los problemas humanos que ocasionan muchos equivocados dimes y diretes. Lo saludable sería desestimarlos.
miércoles, 3 de septiembre de 2008
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