Nuestra actividad en el Teatro nos lleva o predispone a vivir distintos momentos, según la tarea que desempeñemos. En un fin de semana de tres funciones de ópera, “E l Barbero de Sevilla”, que nos hace poner en estado de alerta casi constante y que a pesar de que los históricos digan que antes había dos funciones por día, cuesta un poco desde todo punto de vista sobrellevar el stress que inevitablemente nos provoca enfrentar una puesta en función de un espectáculo de la complejidad de una ópera. A todos los involucrados en ese momento, en mayor o en menor grado según nuestra tarea, nos rosa, nos toca, nos golpea algo de la ansiedad, algo de la descarga de adrenalina que significa abrir el telón en una producción nuestra. Es por eso que muchos hemos recibido con alivio el cambio de horario de los domingos.
Los que venimos de martes a domingos, nos hemos acostumbrado a tener que ir a trabajar cuando el resto de la gente se disponía a salir para divertirse y es más aún, hemos tenido que acostumbrar a nuestras familias a que lleven esta forma de vida. Hay quienes tienen que estar desde cuatro horas antes de la hora de función. Esto hace que los mismos en muchos domingos se veían privados de compartir la tradicional mesa familiar y cuando lo hacían debían levantarse en la mitad del almuerzo y salir apurado para el Teatro.
Comenzar la función del domingo a las dieciocho treinta horas nos permite almorzar tranquilo y a quienes tienen que venir un poco más tarde les da la posibilidad de relajarse por un momento para luego salir con todas la baterías cargadas. Venir contentos y descansados seguramente redundará en un mejor rendimiento laboral. Además considerando que, el ballet y los conciertos generalmente son más cortos, una ópera puede llegar a durar tres horas y treinta como mucho, nadie se va tan tarde. Tampoco el público.
lunes, 24 de diciembre de 2007
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